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Advierten que se deteriora la ecuación económica de los contratistas agrícolas

De manera silenciosa se está produciendo la desaparición de muchos contratistas en las regiones agrícolas pampeanas y del norte del país. Varias campañas de malos rendimientos y gran competencia en la oferta de labores, que empuja hacia abajo las tarifas, sacan de la cancha a muchos jugadores.

La manifestación más visible de ese raleo que deja afuera a los más débiles son los incesantes remates de maquinaria agrícola usada en los pueblos del interior. “Se ofrecen en venta tractores e implementos de uno o dos años de uso, comprados a crédito con muchas ilusiones, que luego se estrellan contra una realidad desfavorable”, apunta Adalberto Sanz, concesionario de varias marcas de tractores, sembradoras y pulverizadoras en el noroeste bonaerense.

Con él coincide el dueño de un desarmadero de tractores del sur de Santa Fe, que afirma que “nunca vio un desprendimiento obligado de tantas máquinas como el que está ocurriendo en 2013”.

En un reciente remate quedaron muchas máquinas sin vender o malvendidas. “Por una sembradora nueva, con sólo 40 hectáreas de uso, se pagaron 100.000 pesos, frente a un valor de mercado de 300.000”, cuenta Sanz.

“Tractores muy bien cuidados, casi nuevos, se vendieron al precio de tres años atrás; las máquinas con menos demanda, como inoculadoras, se vendieron a 1500 pesos, el 10 por ciento de su valor”, agrega.

Tarifas sin actualización

Por otro lado, la gran cantidad de contratistas oferentes de servicios de siembra, pulverización y cosecha determina que las tarifas no puedan actualizarse al ritmo de la inflación.

“Antes de dejar esta zona, un pool de siembra nos pagó 280 pesos por hectárea cosechada de soja, lo que no alcanza ni para pagar los costos directos; ni pensar en cancelar la cuota del banco”, se queja un contratista del sur de la provincia de Córdoba.

Otro factor que fulmina a los oferentes de servicios es la concentración de las siembras en soja de primera, en detrimento del trigo y del maíz. “Estamos todo el invierno sin facturar nada, pero mientras tanto hay que pagar sueldos, cargas sociales, gastos fijos y la deuda con el banco”, se ataja otro operador del norte de Buenos Aires.

También han jugado en contra de estos empresarios pyme los malos resultados agrícolas en los campos que alquilaron. “Después de trabajar seis u ocho meses en los lotes e invertir en semillas y agroquímicos, obtuvieron una renta nula o negativa en la campaña 2012

2013. Por eso, muchos abandonaron los campos ajenos y pasaron a ser sólo prestadores de servicios, lo que reduce su dimensión económica”, advierte el titular de un acopio del oeste bonaerense.

Repercusiones

“Cuando un contratista se desprende de sus equipos porque no puede pagar las cuotas del crédito o porque no le ve futuro a la actividad, deja en la calle a cinco o seis personas”, lamenta Sanz. “Es difícil que vuelva al circuito productivo una vez que pagó todas las deudas y quedó ilíquido. Para ser sujeto de crédito nuevamente tiene que presentar garantías”, agrega.

“Algunos se inclinan por otros oficios y otros consiguen un empleo público en el pueblo”, observa el empresario.

La crisis de los contratistas también impacta en la industria de la maquinaria agrícola y en la economía de los dueños de campos, sobre todo de los más chicos. “El propietario de un campo de 100 hectáreas, que abandonó la producción agrícola hace 10 años y se fue a vivir al pueblo cobrando un alquiler que le permitía un buen pasar, hoy está en problemas”, advierte Sanz.

“En 2013 le ofrecen aparcería o fuertes bajas en el alquiler, lo que le impide continuar con su anterior nivel de vida. Entonces, viene y pregunta cuánto cuesta un equipo agrícola para volver a empezar, pero se da cuenta de que está muy lejos de sus posibilidades”, cuenta el empresario.

Un tractor de 200 CV cuesta 180.000 dólares; uno de 120, con cabina, 80.000 dólares; una sembradora de 16 surcos a 52 centímetros vale más de un millón de pesos; un pulverizador autopropulsado sin piloto automático cuesta 1,2 millones de pesos.

Ese propietario que no trabajó su campo por muchos años también se da cuenta ahora de que ya no tiene alambrados, ni casa, ni galpones en condiciones. En síntesis, se encuentra completamente descapitalizado y no puede volver al sistema productivo sin apoyo económico.

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